‘La Casa Verde’ cumple 50 años y los piuranos ni enterados

By on agosto 22, 2016

Carlos Arrizabalaga

Luego de vivir tantos años en Piura estoy seguro de que los piuranos no se identifican mucho con La casa verde de Vargas Llosa, publicada en Seix Barral en Barcelona en 1966: una novela ambientada aquí pero donde las calles de la ciudad respiran con un aliento bronco, seco, caliente y perezoso. Creo que solo en un par de ocasiones me han pedido que muestre a algún visitante curioso los lugares por donde transitan Anselmo, el arpista, y los inconquistables. El viejo colegio San Miguel y la plazuela Merino donde los jefes organizan la huelga de los de quinto contra los exámenes sorpresa, asunto nimio que se vuelve sublime en la pluma del escritor. Pero el colegio es una ruina y amenaza desplomarse, sin que los dignos trabajadores de las instituciones implicadas (Gobierno Regional, Ministerio de Cultura, Municipalidad, Arzobispado) hayan podido evitar su deterioro ni buscar una solución para un espacio realmente singular de la ciudad.

Algunos quieren señalar en las calles las rutas de Vargas Llosa: la redacción de La Industria, el Colegio, el Río-Bar, el Hotel de Turistas… Salvo la maliciosa curiosidad de saber dónde estaba la Casa Verde y si uno la habría visitado (¿estaba por Castilla o en la salida a Sullana?), parece que a la mayoría les importa poco: ¿ignorancia? ¿indolencia? ¿desdén? Piura no es una visita muy estimulante pero tampoco se promueve quizás porque Vargas Llosa no era piurano, y porque los piuranos no lo tienen muy cerca de su corazón: no se identifican del todo con la novela que ganó el premio Rómulo Gallegos.

Salvo la maliciosa curiosidad de saber dónde estaba la Casa Verde y si uno la habría visitado (¿estaba por Castilla o en la salida a Sullana?), parece que a la mayoría les importa poco: ¿ignorancia? ¿indolencia? ¿desdén?

La casa verde era una historia fea. Mejor dicho, cinco historias, de las que solo dos suceden en Piura: Anselmo pone un bulín y años después la Chunga abre otro, y por ahí vemos a los inconquistables, con un lapso que Lituma pasa en la cárcel luego del funesto desafío que ocasiona la muerte de Seminario. Todo son riñas y borracheras.

A los piuranos les trae sin cuidado saber por qué veredas de Piura transitó el gran escritor peruano. Más bien son los arequipeños los que han restaurado su casa natal para hacerla un museo y además han instalado una hermosa biblioteca con su nombre en el centro histórico de la ciudad, que está siempre llena de turistas fascinados por la limpieza, el orden y el cuidado con que la ciudad blanca conserva maravillosamente los viejos edificios de sillar, pese a que incendios y terremotos los han derribado más de una vez.

Mario Vargas Llosa vivió en Piura apenas dos breves periodos en su infancia (1946) y adolescencia (1952) y siempre guardará cariño por la atmósfera, los amigos y el cantandito de los piuranos, el mismo que llevaría consigo al limeño colegio Lasalle, en la cuadra 7 de Arica, donde los compañeros pronto le harían chanza de su dejo piurano, el mismo que contagia a Anselmo, quien pronto “aprendió las fórmulas del lenguaje local y su tonada caliente, perezosa”, y con el tiempo bailaba tondero, sabía apreciar las variedades de clarito y hacía superlativos de superlativos.

Al principio parecía que la ciudad también se reconocía con el escritor. Luis Fernando Díaz lo proclamaba con solemnidad “personaje de nuestro siglo” justo en la Revista Piura de julio de 1966. Acababa de publicar la primera edición, hace justo 50 años, de su nueva novela La casa verde y “no puede sorprendernos ―declara el redactor― la vertiginosa carrera de Mario Vargas Llosa, autor consagrado, cuya capacidad creadora está todavía en pleno ascenso”. Tenía toda la razón Luis Fernando porque su mejor novela estaba por venir. Y la que estaba por venir a Piura era La casa verde. Y cuando llegó a las librerías a muchos les molestó. No se entendía y no se veía bien. La casa verde era un burdel. El proxeneta se vuelve respetable. El Chápiro Seminario moría en un desafío de borrachos. Y los niños abuchean al padre Jesús Santos García. Había ropa tendida, pero además que no era justo decir todo eso de la ciudad, la ropa sucia había que lavarla en casa. Era demasiado. La desfachatez de un joven petulante.

Todavía en septiembre de 1968, Estrada Morales trató de defender la piuranidad de su narrativa, y Robles dirá que Mario llevaba a Piura en su corazón: “Y es que, bien mirado –decía Robles Rázuri en 1976–, Vargas Llosa y Piura son una unidad. Muchos de sus personajes de sus obras son gentes de carne y hueso, conocidos nuestros, varios de los paisajes y escenas las hemos visto o las vemos desfilar ante nuestros ojos a diario”. Pero los piuranos no lo sentían así. Primero de todo porque no era piurano. Segundo porque se sentían descontentos por el modo que hablaba de Piura. Tercero, porque no entendían el desafío: en Piura había burdeles como en cualquier otra parte del mundo.

Pero Hace 50 años la literatura tenía que ser fuego y la novela ofrecía la imagen de un mundo que pedía revolución y prometía utopías. Para negar lo evidente, había que cambiarlo todo. Y le dieron el premio no solamente porque es un gran escritor, pero también porque hasta los premios latinoamericanos se acomodaban al gusto europeo. Latinoamérica era epítome de los ideales progresistas de una Europa que emprendía mayo del 68 con un espíritu de desafío, aunque estuviese impregnado de narcisismo. Ciertamente Vargas Llosa es un gran escritor, pero todavía 50 años después los risueños piuranos no se identifican con la novela que le llevaría a consagrarse como un escritor revolucionario. ¿Una obra maestra? ¿Un experimento fracasado?

Vargas Llosa es un gran escritor, pero todavía 50 años después los risueños piuranos no se identifican con la novela que le llevaría a consagrarse como un escritor revolucionario

Lo cierto es que Piura ha seguido su vida sin dar demasiada importancia al escritor. La Biblioteca Municipal brindó una sala a la obra del arequipeño. Cuando recibió el premio Nobel el Gobierno Regional improvisó una condecoración y también a la apurada la Municipalidad le concedió la medalla de la ciudad. Algunos luego criticaron el letrero de homenaje que pusieron en el puente Cáceres. Piura tendría tal vez que agradecer la publicidad que le brindan las novelas de Vargas Llosa, pero al final no hay un deseo de identificarse con el escritor. No hay simpatía. Y con razón.

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